Es una pena que a día de hoy el nivel de películas para niños y jovencitos haya subido tanto. Una película infantil debe ser mala. Y cuanto peor sea, más le gustará al niño. Es ley de vida. Por eso los que pasamos nuestra infancia en los 80 y 90, tenemos ese punto de niñez kitsch que nadie más volverá a tener.
He aquí una muestra de aquellas películas que, siendo grandes truños, nos grabaron a fuego grandes valores humanos como la valentía o el no lavarse.
La saga de los patos: A día de hoy aún estás a tiempo de comprarte la camiseta de Charlie Conway en eBay, porque "Somos los mejores", "Vuelven los mejores" y "El regreso de los mejores" (la mejor traducción de títulos de la historia) nos enseñaron cómo un entrenador ex-vicioso puede llegar a ser un grande de la historia. Eso sí, en el hockey sobre hielo. Además, estaba guay eso de que pusieran las reglas que les diera la gana, como mezclar chicos con chicas, cambiarse de equipación en mitad de un partido, disfrazarse de otro jugador en la propia pista, o formar una selección nacional a partir de un equipo local. Con uno de estos solos eclecticismos tendríamos para tres años de comentarios en Twitter.
Tres Pequeños Ninjas: Hubo una época en la que Antena 3 no se había hecho con los derechos de todas las muertes, violaciones y cataclismos de Estados Unidos, y le dio por poner grandes películas para los de nuestra quinta. De esta película siempre te quedabas con las ganas de poner una luz roja para saber que tu madre iba a entrar a tu cuarto.
Power Rangers, la película: ellos son el kitsch en estado puro. Tanto que a veces la pantalla parecía que rezumaba un airecillo oriental contaminado. Épicos, pero no a la altura de Street Fighter.
Casper: ¿Quién no se aventuró a mangar sin maldad en el Pryca aquellos tatuajes fluorescentes que traían los Danone? Casper pegó fuerte, Christina Ricci siguió enseñándonos que en su frente podían debutarse los olímpicos de frontón, y Devon Sawa empezó a estrellarse.
Las Tortugas Ninja: Peliculón donde los haya, siempre y cuando no te pararas a pensar cómo hacían para que hablasen y se moviesen con tamaña naturalidad. Si en tu barrio no había una pizzería con el nombre de alguno de los protagonistas, raro.
Karate Kid: ésta era una de las fijas si eras un adepto a los juegos de adivinar películas. Dabas unas cuantas patadas, hacías como que te partían el tobillo y con cara de dolor te proclamabas campeón, y andando. Igual que las clases de ingeniería mecánica estuvieron unos años rebosantes gracias a Fernando Alonso, en nuestra época todos los niños se apuntaban al cinturón negro, que únicamente te lleva a jugar al fútbol, bien lo sabe Zlatan.
Los NO-TRUÑOS de la juventud: En este caso hay dos películas que no deberían jamás ser catalogadas como de baja calidad, y ni siquiera como dirigidas a un público exclusivamente joven.
Solo en Casa: Pese a su pobre 5,5 en filmaffinity (ya sabemos lo chominoso de esta web), Solo en casa es una maravilla de película se mire por donde se mire. El reparto está personajadamente seleccionado; la música es exquisita, y cuenta con la suerte de haber tenido una secuela muy respetable, a sabiendas de que se trillarían las bromas y el argumento en sí. Olvidémonos de la 3 en adelante, muy a la altura del Señor de los anillos. El tal Culkin hace que te den ganas de quedarte solo en tu casa una buena temporada, pero lo mejor son esas ganas de navidad que te entran la veas en la época en que la veas.
Top Secret: Para mí es LA película. La veía con tanta efusividad que recuerdo, en el verano de 1994 en Chipiona, estar imitando la forma de andar de los soldados de la película y mis chanclas salieron volando por el tejado del hotel. Luego dos limpiadoras tuvieron que subirse a cogerlas, pero eso es ya otra historia.
Supongo que algunos seréis más jóvenes, más viejos, habréis vivido El peque se va de marcha o alguna de esas que echaban en Canal+ cuando aún no estaba codificado. Pero creo que con esto nos sentimos bien identificados. Y no le robéis el Canal+ al vecino, hombre.
Hace una semana me desplacé por aquí cerca para probar suerte de
conseguir una entrada para un magnífico cartel de comparsas y chirigotas de
Cádiz. Sólo la de Juan Carlos ya podría ocupar un feedback de 835 maravillosos
posts, pero hoy quiero contaros una anécdota cuanto menos curiosa de aquella
noche.
Por todos era
esperado que agrupaciones como la del Selu o los Carapapa fueran
sobresalientes; sin embargo, el famoso término que usan en Cádiz para esa
agrupación que no ha llegado a la final pero cuenta con un extenso beneplácito
del público, elcajonazo,quedó más que demostrado cuando
subió al escenario la chirigota de los Hinchapelotas (para quienes no la
conozcáis, aquí os dejo un trocito):
Cuando el presentador de aquella gala de
silla de plástico blanca y cubata de 3 euros les dio paso, ya llevaba un buen
rato alargando el espectáculo saludando no solo a los pueblos colindantes, sino
también a las provincias y comunidades autónomas cercanas, y tanto se emocionó
que empezó a pensar en un listado de provincias de ultramar. Por eso cuando Los
Hinchapelotas subieron al escenario, en agradecimiento a esa pérdida de tiempo
tan cansina, saludaron a la gente de Burkina Faso y Budapest. Ya olía a risión
y no habían ni empezado.
Todo el que conoce esta agrupación, que
este año iban de una hinchada en una grada de un equipo imaginario, sabe que el
ruido está más que garantizado porque son una chirigota muy movida dentro del
escenario, pero, y aquí es donde viene aquella anécdota que tanto me gustó de
la noche, el que mejor se lo monta en el grupo (aparte de su organizador, José
Antonio Vera) es Juan 'Ardentía', el llamado "speaker de la
Caleta".
El speaker de la Caleta, una de las playas
más famosas de Cádiz, es el prototipo de gaditano gracioso tanto cuando lo
quiere ser como cuando no lo es. De esa gente de la que te ríes
"con". El caso es que, cuando ese chico dentro de la agrupación
comenzó a cantar con su megáfono, ese megáfono que tiene un botón con un
villancico y otro con la banda sonora sonora de Titanic, se soltó la melena de
tal forma que había momentos en que el colega no para de hablar por los codos y
apenas podían cantar.
Lo curioso de la historia de este chico,
que ya tiene un par de años o tres, es que fue contratado para ser el speaker
de aquella playa por una empresa que me dijeron era vasca. Pero como sonaba a
tópico (lo de que la empresa fuese vasca, importante, fría y profesional, no
que él fuese gracioso por ser gaditano, hasta ahí podíamos llegar), indagué y
al parecer es burgalesa. Saboría era, estaba claro. El chaval tenía como
trabajo citar las horas, avisos para bañistas... y siempre lo hacía con un
toque de humor. Ese toque de humor que hacía que la playa entera se callara
solo por las ganas de escucharlo. Sin embargo, la empresa norteña (si hubiese sido de por aquí cerca, ese se queda allí perenne) decidió echarlo de su puesto de
trabajo por considerar que sus cuñas y comentarios estaban totalmente fuera de
lugar. Fuera de lugar, ojo, en Cádiz. OJO.
Así que el tío terminó haciéndose famoso,
tan famoso que Jesús Quintero lo entrevistó:
Y además ahora está en la gira, como ellos
llaman, Hinchapelotas Tour,"donde
conocemos sitios lejanos e inesperados tales como Rota o Chiclana".El chico no quiso hacer mucho
hincapié en su despedida, pero sí nos contó que en los últimos días que
trabajó, llegó un portugués desesperado que había perdido a su hijo."Que pensé yo que se le había
perdido el hijo, porque no hacía más que mover los brazos, y digo yo que sería
portugués por lo moreno que estaba, y como no paraba de hacerme señales para que
bajase del puesto, al final tuve que bajarme de arriba y en ese momento llegó
su hijo, al que no paró de abrazar, y el portugués me dijo '¡obrigado!', y yo
le dije '¡obrigado no pisha, que yo he bajao porque he querío!".
Allí fue todo un personaje, por eso no
llego a entender cómo no dejaron que siguiera en aquel trabajo, o igual que
ellos cantaron en el estribillo:"Y
yo como Mourinho me pregunto, por qué, por qué, por qué!".